La primavera en Torino es especial. La luz de esta ciudad la baña de alegría, el cielo azul marcado por huellas aéreas, dan una sensación de bien estar. Chocolates, zapatos, libros, llaman mi atención, en las vitrinas preciosas que son verdaderos escenarios bien iluminados, donde los objetos adquieren poderes mágicos. Tomarse un café es un deleite, lo saben hacer -no es un mito- es una constatación cotidiana, real. Rita, me dice que es el mejor café en Italia, y como no los he probando todos, no me queda otra, que creerle. Los mercados son divinos, el de pescado en corso Rafaello, es todo lo que un buen cocinero pueda pretender -Ah, sí, me considero una buena cocinera, finalmente logré entender lo que decía mi madre, la alquimia que existe en el cuidado, en el dar, a través de los ingredientes- Victoria, mi hija, ya es toda una gourmet, le apasionan los sabores y es mi degustadora profesional.Entonces, la primavera y el buen comer, terminan por crear un buen picnic en la ladera del río Po, en medio de la ciudad, entre las gentes que se fascinan remando a lo largo del río, corriendo, patinando, por los caminos llenos de vida, y de momentos particulares. Degustando conversaciones al ritmo de un picnic. Chismes políticos, avivan el ambiente electoral que tiene colmados a todos los italianos y forasteros: Berlusconi, Veltroni, Casini? e via dicendo...



